José María Castillo.- A mucha gente no le interesa el Evangelio porque no lo entiende.

José María Castillo.- A mucha gente no le interesa el Evangelio porque no lo entiende. Y ocurre con frecuencia que quienes intentamos explicar tal o cual relato del Evangelio, tampoco lo entendemos. Lo cual es comprensible. Porque ¿cómo se puede entender, por ejemplo, que un predicador (Jesús de Nazaret) vaya por la vida curando enfermos, resucitando muertos, dando de comer a miles de hambrientos con cinco panes y unos cuantos peces, etc, etc? ¿Todo eso sucedió alguna vez? ¿O todo eso no pasa de ser una serie de “historietas”, que se inventaron los antiguos, para seducir a los ingenuos?

Sobre este asunto se han escrito cientos de libros. Y estudiosos muy sesudos se han roto la cabeza dándole vueltas al problema de fondo y a las muchas preguntas que todo esto plantea. Como es lógico, yo no pretendo presentar aquí la solución definitiva. Lo que quiero es presentar una explicación – de lo que nos enseña el Evangelio – que, en cualquier caso, me parece que tiene mucho de verdad. ¿A qué me refiero?

Los historiadores de la Antigüedad tenían su manera peculiar de contar la Historia. El conocido historiador de la Grecia antigua, Jean-Pierre Vernant, nos ha hecho notar que, en el s. IV (a.C.), en Mileto, hombres como Tales, Anaximandro o Anaxímenes inauguraron un nuevo modo de reflexión. No se limitaron a relatar lo que sucedía. Lo importante para ellos era que, de una “historia”, presentaban en conjunto una “teoría”.

A mí me parece que este criterio es perfectamente aplicable a la lectura e interpretación del Evangelio. Me explico. En el Evangelio se relatan hechos prodigiosos, que se mezclan con discursos que se refieren al comportamiento humano. Todo ello, en un contexto de profunda espiritualidad. ¿Qué es lo que importa en este conjunto de relatos y discursos?

De acuerdo con el “modo de reflexión”, que venía ya de siglos atrás, lo que importa, en los relatos evangélicos, no es tanto la “historicidad”, sino más bien la “significación”.

Pues bien, si esto efectivamente es así, a poco que se piense en los numerosos relatos evangélicos, pronto se da uno cuenta de que tales relatos se refieren, casi siempre, a dos grandes temas: la salud (curaciones de enfermos) y la alimentación (comidas compartidas, banquetes…). Y, por lo que se refiere a los discursos, de una forma o de otra, siempre giran en torno al tema fundamental de las relaciones humanas (honradez, honestidad, bondad, perdón, misericordia, oración al Padre del cielo…).

Todo esto se mezcla con situaciones de conflicto y tensión. Conflictos, ¿con quién? Con los “hombres de la religión”. Hasta tal extremo, que aquello acabó en lo peor que le puede ocurrir a cualquiera: los dirigentes de la religión vieron que tenían que matar a Jesús. Los funcionarios del templo vieron que “lo de Jesús” y “lo de ellos”, eran proyectos incompatibles.

Los dirigentes religiosos centraban sus intereses en el sometimiento a las normas y ritos sagrados. Jesús centró sus preocupaciones en tres cuestiones fundamentales para la vida de los seres humanos: salud, alimentación compartida, relaciones humanas que nos unen y nos hacen más honestos y buenas personas. La religión se centra en lograr la “otra vida”. El Evangelio se centra en humanizar “esta vida“. Cuando leemos o explicamos el Evangelio, ¿nos quedamos dándole vueltas a la “historia”? ¿o buscamos, ante todo, la “significación”‘?

Socio-político-religioso