GUSTAVO GUTIÉRREZ: I. ¿DÓNDE DORMIRÁN LOS POBRES? Juan José Tamayo

GUSTAVO GUTIÉRREZ: I. ¿DÓNDE DORMIRÁN LOS POBRES?

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”. Universidad Carlos III de Madrid

Juan José Tamayo Gustavo Gutiérrez. Lima-Mayo 2018

En 8 de junio del presente año Gustavo Gutiérrez cumplió 90 años. Quien a principios de la década de los 80 del siglo pasado fuera acusado por el cardenal Ratzinger de admitir “la concepción marxista de la historia” como “principio determinante de su pensamiento” y de hacer “una lectura selectiva de la Biblia”, con motivo de su noventa cumpleaños recibió una carta del papa Francisco en la que le reconocía su “servicio teológico” y su “amor por los pobres y los descartados de la sociedad”. El cambio no podía ser más radical: de la sospecha al reconocimiento. ¿A qué se refería Francisco cuando le agradecía su “servicio teológico”? Intentaré explicarlo.

La teología cristiana ha sido con frecuencia una disciplina inocua en el conjunto de los saberes, beligerante frente a los avances científicos, legitimadora del orden establecido, ajena a la marcha de la historia, poco sensible a los sufrimientos humanos y muro de contención de las revoluciones sociales y políticas. La teología latinoamericana de la liberación ha venido a quebrar dicha imagen, situando al cristianismo en la vanguardia de los movimientos sociales que luchan por la transformación de la sociedad de todas las opresiones, también la religiosa, y a la teología en el horizonte de la teoría crítica. En el origen de dicha teología se encuentra Gustavo Gutiérrez.

Todo comenzó con las conferencias que pronunció en Chimbote (Chimbote) en 1968, a las que asistió su compatriota y amigo el escritor José María Arguedas, autor de El zorro de arriba y el zorro de abajo y Todas las sangres. En un texto fechado en Santiago de Chile el 20 de agosto de 1969, Arguedas recuerda a Gutiérrez que le había leído en Lima las “páginas de Todas las sangres en que el sacristán y cantor de San Pedro de Lahuaymarca, quemada ya su iglesia y refugiado entre los comuneros de las alturas, le replica a un cura del Dios inquisidor con argumentos muy semejantes a los de las lúcidas y patéticas conferencias pronunciadas, hace poco, en Chimbote”.

Con una lucidez visionaria Arguedas afirma que quizá con él se cierra un ciclo y se abre otro: “se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes” y se abre el ciclo “de la luz y de la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandria de fuego, el del dios liberador”, de quien declara teólogo a Gustavo Gutiérrez.

En aquellas conferencias Gutiérrez habló de la teología como inteligencia del compromiso. Unos años después, en Teología de la liberación. Perspectivas, la define como “reflexión crítica de la praxis histórica a la luz de la Palabra…, crítica de la sociedad y de la iglesia en tanto que convocadas e interpeladas por la palabra de Dios, una teoría crítica, a la luz de la palabra aceptada en la fe, animada por una intención práctica e indisolublemente unida, por consiguiente, a la praxis histórica” (Teología de la liberación. Perspectivas, Sígueme, Salamanca 1972, 38 y 34).

En cuanto tal la entiende como “una teología liberadora, una teología de la transformación liberadora de la historia de la humanidad y, por ende, también de la porción de ella –reunida en ecclesia– que confiesa abiertamente a Cristo. Una teología que no se limita a pensar el mundo, sino que busca situarse como un momento del proceso a través del cual el mundo es transformado… abriéndose al don del reino de Dios” (Ibid., 40-41).

Una pregunta interpelante: ¿Dónde dormirán los pobres?

Estamos ante una nueva manera de hacer teología que tuvo repercusiones sociales y políticas desestabilizadoras para el sistema neocolonial latinoamericano y sigue teniéndolas hoy para el modelo de globalización neoliberal. Gutiérrez llevó a cabo una verdadera revolución en la teología, cuyo acto primero es el compromiso con los oprimidos y la experiencia religiosa de encuentro con el Dios de los pobres, y cuyo acto segundo es la reflexión, pero no desde la neutralidad social y la asepsia doctrinal, sino desde el reverso de la historia y asumiendo la opción ético-evangélica por los pobres.

Los “ausentes de la historia” son para el teólogo peruano los interlocutores de la TL, que es “cada vez más consciente de sus rupturas con las teologías dominantes, conservadoras o progresistas” (La fuerza histórica de los pobres, Sígueme, Salamanca, 1982, 237). Son ellos quienes, desde su ausencia, cuestionan las estructuras socioeconómicas de los que los oprimen, e interpelan a la teología. Gutiérrez reconoce a los pobres una fuerza histórica capaz de mutar el curso de la historia en dirección a la liberación.

George Bernanos afirmaba que los cristianos son capaces de instalarse cómodamente bajo la cruz de Cristo. Gustavo Gutiérrez pretende corregir esa tendencia conformista activando las energías utópico-liberadoras del cristianismo. Su referente intelectual y vital es Bartolomé de Las Casas, defensor de los indios sometidos a esclavitud por los conquistadores y precursor del diálogo interreligioso, de la interculturalidad y de la propia TL. Sobre él ha escrito uno de los mejores estudios que conozco: En busca de los pobres de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de Las Casas (Sígueme, Salamanca, 1992), que dedica al teólogo mártir Ignacio Ellacuría. Las preguntas interpelantes que queman en los labios a Gustavo y golpean su conciencia tienen que ver con el lenguaje sobre Dios y el dolor de los sufrientes de la historia: ¿Cómo hablar de Dios desde el sufrimiento de los inocentes?, ¿cómo hablar de Dios Padre en un mundo donde los seres humanos no son hermanos?, ¿cómo hablar de la resurrección en un mundo donde los excluidos son carne de cañón y mueren antes de tiempo? A estas preguntas hay que sumar otra que le ha interpelado con más radicalidad y que da título a uno de sus ensayos que más impacto han producido en mí: ¿Dónde dormirán los pobres?

Las preguntas dan una idea acertada de la orientación de su teología: no levítico-sacerdotal, sino samaritana; no de pensamiento único, sino de pensamiento crítico; no legitimadora de la opresión, sino en perspectiva de liberación y sensible a las nuevas esclavitudes que genera la globalización neoliberal. En la teología de Gustavo Gutiérrez vuelven a articularse armónicamente pensamiento y vida, teoría y praxis, rigor metodológico y talante profético, como sucediera en los misioneros, teólogos y obispos defensores de los derechos de los indios en el siglo XVI: Fray Antón Montesimo, Bartolomé de Las Casas, Vasco de Quiroga, Juan de Zumárraga, fray Pedro de Córdoba…

El teólogo peruano acostumbra a decir que él no cree en la TL, sino que esta es sólo camino para mejor seguir a Jesús de Nazaret y contribuir a la liberación de los pobres. Todo un ejemplo de modestia intelectual frente a los teólogos europeos que acostumbramos a conceder más importancia a la teología que a la vida y a la liberación de los excluidos y excluidas.

Compromiso ético con los sectores más desfavorecidos

Gustavo Gutiérrez ha sido el tercer teólogo en recibir el Premio Príncipe de Asturias. El primero fue Ignacio Ellacuría, a título póstumo, en reconocimiento a la coherencia entre su trabajo intelectual como teólogo y filósofo, y su compromiso social con las mayorías populares, que le llevó al martirio el 16 de noviembre de 1989 junto con otros cinco jesuitas y dos mujeres trabajadoras domésticas.

El segundo fue el cardenal Martini –junto con Umberto Eco-, arzobispo de Milán, por toda una vida dedicada a los estudios de la Biblia en diálogo con las ciencias sociales y por su permanente diálogo con las personas no creyentes, como ha demostrado en las obras En qué creen los que no creen, que recoge una serie de cartas cruzadas con Umberto Eco, y La oración de los que no creen. ¿Se puede rezar si fe? Quizá llevara razón Ludwig Wittgenstein cuando escribía en su Noteboooks 1914-1916: “Rezar es pensar en el sentido del mundo”.

El teólogo peruano lo recibió en 2003 en la sección de Comunicación y Humanidades junto con el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, por su compromiso ético con los sectores más desfavorecidos y por haber iniciado e impulsado una de las corrientes de pensamiento cristiano más vivas y dinámicas de los últimos cuarenta años, la teología de la liberación, que se inició en América Latina en la década de los sesenta y pronto se extendió por todo el Sur Global.

Gutiérrez ha dedicado su trabajo intelectual a desarrollar, fundamentar y difundir las grandes intuiciones de la TL entre los públicos más plurales, desde los universitarios, primero como consiliario nacional de la Unión de Estudiantes Católicos (UNEC) de Perú, después como profesor de teología y ciencias sociales en la Universidad Católica de Lima, y luego como profesor de la Universidad de Notre Dame en U.S.A, hasta los sectores populares, con quienes convive y comparte experiencias de vida y sufrimiento, de esperanza y de luto.

Utilizó la expresión “teología de la liberación” por las mismas fechas similares que lo hizo el teólogo brasileno Rubem Alves, y enseguida adquirió carta de ciudadanía. Su Teología de la liberación. Perspectivas es, sin duda, una de las obras de mayor impacto en la teología cristiana posterior al Concilio Vaticano II, que cuenta con traducciones a numerosas lenguas y decenas de ediciones.

Ella, junto con la Teología desde la praxis de la liberación, del brasileño Hugo Assmann (Sígueme, Salamanca, 1973) son consideradas las más representativas de la primera etapa de la teología de la liberación. Ambas, reconocía en 1974 el teólogo uruguayo Juan Luis Segundo, “constituyen las dos únicas obras de la teología de la liberación que elevan el debate a un diálogo científico y bien documentado con la teología Europa”.

A estas dos hay que sumar De la sociedad a la teología (Carlos Lohlé, Buenos aires, 1970) y Liberación de la teología (Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1975) del propio teólogo uruguayo, y Teologia do cautiverio e da libertaçâo (Petrópolis, Rio de Janeiro, 1975 [versión castellana: Teología del cautiverio y de la liberación, Ediciones Paulinas, Madrid, 1978].

Juan José Tamayo. Sus libros más recientes son: La utopía, motor de la historia (Fundación Areces, Madrid, 2017); Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, Madrid, 2017); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, Madrid, 2018); Dom Paulo testimunhos e memórias sobre o Cardeal dos Pobres (organizador y coautor con Agenor Brighenti, Paulinas, Sâo Paulo, 2018); Iglesia, política, Religión y Sociedad. Interacción para el bien público desde Ignacio Ellacuría (coeditor y coautor con Juan Luis Hernández, Dykinson, Madrid, 2018).