El fiasco de la gran panacea, el Estado del bienestar.Por Paco Vera

El fiasco de la gran panacea, el Estado del bienestar

Nada nuevo bajo el sol voy a escribir, ni bajo las nubes que a menudo ocultan al gran astro. Solo que se me hace de valor trazar estas líneas sobre el ‘trabajo’. Aunque el empleo decente no ha sido nunca abundante en España, ahora resulta que son millones los que no tienen ni siquiera un trabajo indecente. La mayoría de quienes logran hoy un trabajo lo consiguen precario y mal pagado, teniendo que hacer más horas y con menos derechos, y aún así hay políticos y empresarios diciendo que se debe agradecer tener un trabajo, sin importar condiciones ni prestaciones. La crónica de un viejo compañero de luchas y esperanzas -Jesús Páez- publicada en ‘La Lamentable’, ha marcado la pauta de este escrito. Gracias Jesús.

En 2016, sólo el 4% de los contratos laborales firmados en España fueron indefinidos y a tiempo completo. Alrededor del 95% de los contratos formalizados han sido de corta duración y con bajos salarios, y un tercio (1/3) de los mismos han sido contratos por días e incluso por horas. He aquí los datos que configuran la agraviante e injusta situación de la clase obrera en el estado español.

Más de 6 millones de trabajadores españoles se ven obligados a sostener su familia con salarios inferiores a 650 € mensuales. Son trabajadores pobres.  Si a estos 6 millones de trabajadores se le suman los casi 4 millones de parados y se le añaden los  miles que han emigrado o han dejado de buscar trabajo, y se le agregan los que perciben el salario mínimo de 707,60 € ¿de cuántos hombres y mujeres trabajadoras pobres se habla que hay en España? Sin duda, se necesita un cambio radical en el derecho laboral español para conseguir un empleo decente con remuneración suficiente para cada persona en edad de trabajar, objeto harto difícil si la clase obrera organizada no asume esa razón.

La ONG Oxfam Intermón publicó recientemente que sólo 8 personas en el mundo tienen la misma ‘riqueza’ que 3,5 millones de personas, la mitad de la población mundial. En España se evidencia claramente esta tenebrosa tendencia, donde 3 personas acumulan la misma cantidad de dinero que lo que percibe el 30% pobre del país, es decir, 14,2 millones de mujeres y hombres.

El dinero es importante para la ‘sociedad del bienestar’, lo cual equivale a decir que para llevar el día a día sin graves sobresaltos hay que tener trabajo bien remunerado. Ahora bien, ¿consiguen trabajo todas las personas en edad y en condiciones de trabajar? Quien logra conseguir un trabajo ¿la paga le da para que su familia viva dignamente?

Hoy por hoy, tal como entiende el sistema dominante al derecho social, y en tanto no se implemente una renta básica, el trabajo remunerado es vital, imprescindible, porque si no se tiene, pocas son las opciones de sobrevivir dignamente, salvo que le toque la lotería o viva a costa de otros o sucumba a la matraca o al robo… Y si difícil es encontrar un empleo, no lo es menos que esa chamba sea, en justicia y derecho, suficientemente pagada.

La OIT (Organización Internacional del Trabajo), que no destaca precisamente por hacer planteamientos radicales, en su composición tripartita con representantes de gobiernos, empleadores y trabajadores, expone en relación a los salarios que se están produciendo tres hechos muy negativos: a) el salario real está estancado o bajando, b) el PIB referente a salarios sigue bajando y, c) crece la desigualdad social. Los ingresos del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de 3 dólares al año entre 1988 y 2011, mientras que en ese mismo período los ingresos del 1% de la población más rica se ha incrementado 182 veces”.

La desigualdad en el reparto de la riqueza no es nada nuevo, viene de muy atrás, profundizándose con la Segunda Guerra Mundial que dejó países destrozados, fuerzas sociales desequilibradas, partidos políticos con nuevos discursos, y la presencia de la revolución soviética, todo ello llevó a Occidente a montar lo que se llamó ‘Pacto social’, origen de lo que luego se vendió como el ‘Estado del bienestar’.

En ese contexto el capitalismo se rehizo pronto, beneficiándose más aún del deterioro económico y político de la Unión Soviética y de la presencia de Margaret Thatcher y Ronald Reagan quienes pusieron fecha de caducidad al Pacto social, y de paso al Estado del bienestar.

En esa época, en España -que estrenaba Constitución- se había oído muy poco sobre el Estado del bienestar, y de su aplicación mucho menos, llegaban noticias de ello por los miles de emigrantes españoles que desde los años cincuenta salieron hacia Francia, Alemania, Suiza, Bélgica, México, Argentina, Venezuela, etc. y España que aún no se había recuperado de la guerra civil se fue vaciando de población y envejeciendo la que subsistía. Tendencia que se moderó en los años 80 y 90 con la llegada de inmigrantes, mayormente de Latinoamérica, huyendo de la represión y de la pobreza que las falsas democracias y las dictaduras militares causaban.

Desde que Margaret Thatcher y Ronald Reagan concluyeron en que eso del Estado del bienestar era vivir por encima de las posibilidades, mermaron las políticas sociales, se deterioraron los convenios colectivos y los salarios, a la vez que se liberalizaba sin freno los precios de los insumos para la producción y los productos de consumo social. Y para rematar, la llamada ‘crisis’, acicalada con aquello de la ‘burbuja inmobiliaria’ coronó la faena, hundiendo las fuentes de trabajo y en consecuencia haciendo más difícil la vida de los trabajadores y más pobre al pobre.

Nada nuevo bajo el sol resulta este escrito, ni bajo las nubes que a menudo ocultan al astro rey. Pero si exhala secuelas: se asume al bajo salario como un obvio ante el cual nada puede hacerse, al igual que el trabajar sin derechos o hacerlo en condiciones de desigualdad de género o de edad, etc. Así, el incremento de la pobreza se convierte en una realidad evidente, casi ‘normal’, tanto que en lugares es prueba crónica para desgracia de una Sociedad que se aprecia de culta y madura y de un Gobierno que se atreve a dar lecciones de probidad, derechos humanos y democracia a otros países. ¿Será la Clase trabajadora capaz de voltear la tortilla para una sociedad digna, de gente digna, en un país digno?

Caracas, Marzo de 2017

Francisco Vera

canxiscos@gmail.com

Socio-político-religioso