CRÍTICA Y PAZ.José Mª García Mauriño

CRÍTICA Y PAZ

Frente a la resignación (droga) y ceguera, pensamiento crítico

Hannah Arendt (Filósofa alemana de origen judio del siglo XX ) es quizá una de las pensadoras que más ha estudiado el peligro totalitario (poder del Estado que anula la libertad individual) que se puede esconder detrás de la renuncia a pensar y juzgar. Como ella decía, la “banalidad del mal” tiene que ver con la pérdida o renuncia a la capacidad de juzgar y pensar críticamente, de modo que sin darse uno cuenta, consiente, permite o colabora con el mal.

Frente a esa dejadez, ella propone, “habitar en la brecha”, es decir, no dejarse llevar por esas fuerzas sociales contrapuestas que nos sugestionan. Y ejercer el pensamiento crítico, no solo en lo personal sino también de modo público, como servicio a la democracia. Hoy las tendencias totalitarias de nuestras sociedades intentan que las personas se refugien en la privacidad buscando solo sus interese personales o apoyen socialmente los discursos de moda, que no están al servicio de sus intereses sino de los intereses de grupos o corporaciones. Mantener abiertos espacios de debate entre las personas, en las que éstas ejerzan su capacidad crítica de modo público, es esencial a las democracias. Si queremos hacer un buen servicio a la democracia debemos mantener un pensamiento crítico.

No en vano lo que caracterizó a los primeros cristianos y que les llevó a ser perseguidos por los poderes de Roma, fue su “parresia” o libertad de expresión, denunciando públicamente la divinización del estado frente a la primacía de las personas y la injusticia de la esclavitud, entre otras cosas.

Ejercer la crítica públicamente es un servicio a la sociedad y a la democracia. Y no es sencillo. Exige libertad y valor. Frente a la crítica suele alzarse un reproche personal y colectivo que castiga al “disidente” de los discursos de moda. Para reprimir las críticas en el ámbito de la espiritualidad se suele poner como primacía la idea de paz y armonía para desaconsejar toda crítica y decir que ésta es la que fomenta el ego y por tanto, el conflicto, la discrepancia, la guerra.

Criticar es juzgar con valentía, es identificar méritos y debilidades; desvelar lo oculto, actuar de forma abierta y no dogmática; llamar a las cosas por su nombre. Es una actividad que implica riesgos porque el ser humano (autor también de las obras criticadas) es un ser contradictorio y orgulloso que construye, inventa y progresa, pero teme los juicios que puedan descubrir sus errores y debilidades. La crítica es, por naturaleza, polémica; genera discordias y enemigos, pero también amigos. Puede producir ideas y conocimientos, así como cambios, siempre necesarios, en las obras y en los seres humanos. De ahí que lo normal es que el poder establecido o dominante trate siempre de suprimir o de ocultar la crítica. Ser crítico no es fácil.

La actitud crítica supone no aceptar nada como definitivo o absoluto. Exige analizar las cosas, mirarlas en su evolución y en su devenir histórico, entender su cambio permanente.

Frente a ese uso acomodaticio del concepto de paz, creo que conviene recordar que la idea de paz tiene tres orígenes en nuestra cultura:

Un origen latino, la pax romana, la paz al servicio del poder de turno, la que llevó a la muerte a Cristo. No puede ser un valor por encima de la capacidad crítica.

Un origen griego, la Irene griega, es la paz interior o serenidad, que cuando se degrada reprime toda crítica que pueda sacar a la persona de su confort espiritual o social. Puede ser una potente forma de alienación.

Un origen judeocristiano, el Shalom, la paz unida a la justicia., Y esta supone discernir y juzgar acciones y discursos, no personas, Sin justicia no hay paz que valga. Sin justicia, la paz es tóxica.

Ahora bien, generar espacios de debate supone también mantener estos espacios como espacios seguros, es decir, en los que las personas son respetadas siempre. Las actuales tertulias políticas son ejemplo de corrosión de la democracia por su falta de respeto a las personas. Una cosa es criticar acciones y discursos y otra juzgar las intenciones o el equilibrio emocional de quien emite una crítica. Esto se llama agresión y violencia.

Un rasgo narcisista es confundir las críticas a un discurso o actuación con las críticas personales, hay quien está tan identificado con su pensamiento, que cree que es un ataque personal el que se critique parte de su discurso. En el caso, de algunos de los difusores de esta espiritualidad que critica juzgar (lo cual es un absurdo en la propia idea) es habitual negarse a argumentar y, a la vez, emitir juicios personales sobre las intenciones o la psicología de quien ejerce una crítica a una parte de sus postulados. Al actuar así, pueden convertirse, sin ser conscientes, en instrumentos de las tendencias totalitarias de la sociedad. Y es que cuando no se permite o valora la crítica argumentada (y no se argumenta la crítica a la crítica) estaríamos en un ámbito sectario. Y hay sectas unipersonales.

Creer que el pensamiento no puede nunca alcanzar ciertas certezas o verdades, siempre desde una perspectiva limitada, para denunciar como narcisista a quien expresa convicciones argumentadas, es un puro relativismo dogmático (negar que se pueda alcanzar la verdad por el pensamiento a su modo) y un  modo de calificar de narcisistas a la mayoría de filósofos y filósofas, así como a los pensadores y pensadoras que han expresado certezas y críticas argumentadas. Creer que todas las personas que piensan y tienen convicciones son narcisistas, es una falacia pues es expresar con firmeza una opinión (eso que se critica), cosa que indicaría, si fuera cierto ese razonamiento, que quien expresa esa opinión es narcisista, según su propio juicio.

Argumentar las críticas es la otra cara de la confianza en la persona. Solo si creemos en la persona sabemos que a través del pensamiento puede alcanzar ciertas certezas. A la vez, indica que la persona es consciente de que no tiene toda la verdad y por ello debe dar argumentos de su postura. Hay quien dice que emitir conclusiones y juicios argumentados es un acto egoico, a la vez que se niega a argumentar sus posiciones para “evitar polémicas”. Al negarse a argumentar, está indicando su convicción acrítica en su propia verdad, de modo que no tiene que dar argumentos.

Argumentar, eso sí, supone seguir las reglas del diálogo y la lógica y no caer en las típicas falacias, una de las más habituales es la falacia “ad hominem (descalificar al otro personalmente y por ello venir a señalar que no puede entender). Es corriente entre los nuevos maestros de la espiritualidad que critico, el decir que quien les critica es que “está en la mente” no en la realidad,. Otra típica falacia (llamada “hombre de paja”) es decir que quien nos critica sostiene determinada opinión, deformando su argumento o expresando algo que el otro no dijo, para luego rebatir esa opinión que nos hemos inventado- o no hemos entendido- que el otro sostiene. Por eso, es bueno citar, de modo claro, lo que la persona dice y dónde lo dice.

Hannah Arendt sufrió en su vida mucho de su propio pueblo. La atacó por ejercer su pensamiento en contra de las ortodoxias de cierto sionismo, de ahí, la valentía que tuvo, y Heidegger “argumentó” siempre que las críticas que le hizo Hannah nacían de que no tenía capacidad para entenderle, de modo, que nunca argumentó en serio su postura (transparentando una postura que parece narcisista y machista).

Para las personas que por vocación e historia personal tenemos conocimientos de espiritualidad es una obligación ejercer una labor crítica sobre estos ámbitos que conocemos. Labor hecha con respeto a las personas y, a la vez, de modo claro y concreto. Evitando el descompromiso de solo decir vaguedades o generalidades. A veces, hay que dar nombres de quienes sostienen los discursos criticados.

Este es un pequeño servicio a la espiritualidad y a la democracia y más en nuestro país, que tiene un componente semita en su identidad actual, que hace que la religión y la espiritualidad sean elementos esenciales de nuestra cultura y política. También es un servicio pequeño pero necesario a las personas que vienen a nosotros heridas por talleres y mensajes que descalifican su experiencia espiritual religiosa, normalmente, con falacias de diverso tipo.

Naturalmente esto no supone que tengamos razón en todo lo que decimos y, a la vez,  sirve para clarificar y sanar posturas que podrían reforzar males sociales, que podrían llevar a la sociedad al individualismo, la fragmentación y el espiritualismo descomprometido.

Socio-político-religioso